La prensa y yo

Leer la prensa para mí durante años ha sido un hábito que no he conseguido perder. He escrito a propósito lo de “no he conseguido perder”, no es un error. El sentido de esa frase literalmente se puede interpretar como si leer  la prensa fuera algo malo, de lo que hay que desprenderse y arrepentirse. Y quizás  algo que si una no lo pierde,  sea  para lamentarse. Cuando me he puesto a escribir este pequeño relato, mi intención iba por ese camino de lamentarse de leer la prensa.

Empecé muy joven a hacerlo. Puedo certificar que desde niña ya lo hacía, pues  mi padre tenía la costumbre de comprar todos los días dos periódicos. Uno de ámbito nacional, y otro regional o local. El Extremadura que para mí siempre tendrá ese nombre, – y no el de Periódico Extremadura,  constituyó durante muchísimos años  la forma más fácil de enterarse de todo lo que ocurría en nuestra ciudad, y en mi casa también. Las relaciones de amistad de mis abuelos con sus primeros directores contribuirían a ello, claro está. Y también que mi abuelo paterno tuviera un hermano periodista que fuera redactor pionero y fundador de dicho periódico. Quizá la vena de escribir y contar historias pudiera haberla heredado de él. Nunca lo había pensado hasta que una prima me lo mencionó un día. Quién sabe…. El caso es que no tengo recuerdos de él,  ni tampoco recuerdo haber leído nada escrito por él, aparte de las crónicas sociales que durante años se publicaban y que anunciaban normalmente que la niña Florita había superado con gran éxito sus exámenes y que partía a celebrarlo con sus progenitores al Barco de Ávila, o a Béjar para comprarse un abrigo de buen paño. También era habitual exponer las notas de Vicentito repelente niño que  existía en muchas familias, y que aprobaba siempre con sobresaliente la Reválida y que marcharía a estudiar a Salamanca, que era el lugar donde evidentemente se podía ir desde Cáceres… ya se sabe que Salamanca Presta, lo que la naturaleza Da. ( A sensu contrario del dicho). También en esas crónicas nos enterábamos de los nacimientos, de los bautizos de los neófitos – ésta palabra creo que desapareció de la prensa con el advenimiento de la democracia- de las peticiones de mano, y por supuesto de los matrimonios y de los funerales. También era habitual comunicar que los señores de señorío y otros apellidos  de postín partían de vacaciones a Baños o a Espinho, y que lo hacían en coche de caballos, o en tren con literas como el Lusitania Expres. Respecto a los fallecimientos, en Cáceres había varias  formas de enterarse de ellos: Una era leer el Extremadura y sus esquelas, pasarse por la calle Pintores o la calle Moret, y en un escaparate siempre había la costumbre de poner la esquela del fallecido del día, – no estoy segura si el escaparate era el de la relojería de Capdevielle que también servía de taquilla para los toros cuando en la ciudad se celebraban corridas en ferias de mayo o de septiembre – Y la última forma, y quizás la forma con mayor encanto para enterarse de esos fatales desenlaces,  era perseguir a Juanito Barra, que como todo buen cacereño de entonces sabía,  hoy llamados Catovis especie en vías de extinción casi…,  tenía por costumbre además de recortar las cabelleras de todos los hombres y niños del Todo Cáceres, ser el primero en dar el pésame en todos los funerales que se celebraban en nuestras iglesias. Así que el era la única mente prodigiosa que sabía las horas de todos los funerales y la iglesia en donde se celebraría tan piadoso acto.

Así que de principio esas eran las noticias que en mi casa nos fueron enseñando para que aprendiéramos a leer la prensa, y de paso leer bien y practicar esa asignatura que entonces existía llamada Lectura comprensiva.  De ahi luego pasábamos a la cartelera del cine,. Hago un inciso aquí, porque era importante enterarse de las dos películas que podríamos ver en el Coli al precio de 25 ptas el siguiente sábado, y era más importante aún saber si las películas del oeste, o las de Sissi, o las de Louis de Funes serían “toleradas” o no.  También servía leer la prensa, para enterarse de cuáles eran las farmacias de guardia. Porque era importante saber que las aspirinas y los optalidón  – sin querer había escrito ostialidón, menos mal que me he dado cuenta….. –  se podían comprar tanto en la farmacia de Valhondo en la calle San Pedro, o en la de Acedo en Pintores. El paseo para allá iba a ser cortito, y entraba dentro de nuestro ámbito más cercano, de nuestro barrio.  De eso pasaríamos a leer todas las noticias locales, y luego las regionales. Pero debo confesar que como entonces lo de región no tenía mucho enganche,  y lo de las autonomías no existía, ni nadie se imaginaba que este tema se iba a desbocar, las noticias de Badajoz las mirábamos por encima, sin prestarle tanta atención.  Mérida entonces en la prensa casi no existía, su sección era tan importante como leer las noticias de Navaconcejo o de Pedroso de Acim.  Cuánto han cambiado las cosas, ¿Verdad?

Mi padre fue suscriptor durante muchos años de ese periódico. Lo recibia cada mañana en casa, y cuando éramos pequeñas nos peleábamos por bajar al buzón de correos y recogerlo. Eso te daba derecho a leerlo la primera, y antes de que mi padre llegara al mediodía para comer. Él venía con el ABC en el braxo, hasta que éste se pasó de monárquico  o a mi padre le pareció que tanta coba no era buena, y así durante una temporada le dio por comprar el Alcázar, el Ya, El Imparcial o  algún otro que no recuerdo.  Desde luego, siempre volvía al ABC después de desenfadarse con el plasta  pedante de Ansón. El ABC tenía dos virtudes muy importantes. Una era la grapa, que lo hacía súper cómodo para leer y más cuando tenía que pasar por tantas manos antes de que por la noche mi padre lo ojeara en la cama. Era un invento tan español como la fregona y el chupa chups, que no sé cómo no ha sido más imitado por la prensa posterior y sobre todo la extranjera  (hay que decir que sólo La Razón se atrevió, pero era lógico….ésta era una evolución del ABC).  Todos los que hemos leído El ABC sabemos la importancia de la grapa, y sé que mi padre si viviera haría lo mismo que mi tío Antonio hace hoy en día: ponerle grapas al Hoy, para que se parezca al ABC. Bueno también subrayaría las noticias con circulitos y bolígrafos para señalar lo importante, aunque sean las cotizaciones del ganado en la Lonja de Salamanca. Debe ser cosa genética.

La otra cosa importante del ABC eran las esquelas. Si las de Cáceres eran importantes porque venía la gente conocida de la ciudad. Las personas que te podías haber cruzado por Cánovas el día anterior, o que era amigo o pariente de cualquier conocido. Las del ABC eran sustanciosas porque eran las de las personas importantes del país. En ellas figuraban la historia y los árboles genealógicos de la flor y nata de España. Banqueros, nobles, artistas e intelectuales. Pero los de verdad, no como los de hoy. Imaginaros hoy las esquelas del ABC que podrían contener las de gente como Belén Esteban, los matamoros, y toda la fauna de la telebasura. Qué horror, solo de pensar que en el ABC se pudieran publicar semejantes cosas, y estoy segura que D. Torcuato resucitaría.  Pero no hay que escandalizarse, total hoy en día el ABC pertenece al mismo grupo que esa cadena buque insignia de tanta basura.

Como entonces daba gusto leer la prensa, desde las esquelas hasta los crucigramas, era normal que en mi casa hubiera casi tortas por leerlo. Así que mi padre terminó por imponer una norma. No se podía leer hasta que no se hubiera acabado de comer, y como parecía que todas teníamos prisa por comer. Impuso otra norma más: No se levanta una de la mesa hasta que no terminemos de comer todo el mundo, y siempre después de comer la fruta. Eso eran normas de urbanidad y educación, que entonces se acostumbraba a aprender no solo en el colegio, sino también en nuestras propias casas. Sé que algunas personas cuando lean estas cosas como poco alucinarán con eso de pelearse por leer la prensa en casa, o también por qué no decirlo: Con eso de comer tres platos en la comida, incluida la fruta. Sobre todo pasará con personas más jovenzuelas.

Mi  relación con los periódicos se incrementó cuando en el colegio también nos obligaron a leerlo habitualmente, pues debíamos comentar en clases noticias que habíamos leído. Eso era algo casi diario.

Continúo con el relato en otra entrada de este blog,  porque al final creo que saldrán más temas que no puedo condensar en una sola entrada.  Así que, fin de la primera parte.

 

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