Una VPO muy particular…

Continúo con la historia de Ramón y su casa. Sigo escandalizada con la historia, pero no es solo por lo que nos han contado, ni por lo que nos ocultan. También es porque esta historia me ha hecho recordar una que yo viví hace años, y que mencioné en la anterior entrada, y que guarda muchos paralelismos con la actual polémica del podemita Ramón. Hace ya muchos años, en aquellos tiempos de esplendor del ladrillo. Aquellos años de los cuales muchos despotrican, otros añoran, y que también muchos recuerdan porque entonces la construcción movía el mundo y la economía de nuestro país.  Entonces dentro de mi trabajo asistía a muchas firmas de compraventas de viviendas, y también gestionaba el tema hipotecario para varias entidades. La venta de viviendas de protección oficial era muy frecuente, y más en nuestra pequeña ciudad. Era algo muy goloso sobre todo en el caso de las viviendas más antiguas, pues éstas se habían convertido en verdaderas gangas para mucha gente, pues muchos edificios que se construyeron a mediados de los ochenta, en pleno centro de la ciudad eran VPO, y claro imagínate comprar viviendas muy amplias, y con todo tipo de servicios en las mejores zonas de la ciudad y a precios máximos de venta de risa. Resultaba frecuente que viviendas en pleno Cánovas y adyacentes tuvieran precio de venta inferiores a otras viviendas de VPO situadas en Aldea Moret. Pero claro, quién iba a vender en esos precios  irrisorios sabiendo que era fácil encontrar comprador dispuesto a pagar más que la valoración oficial de tu vivienda. Esto mismo es lo que hubiera hecho Ramón Espinar si hubiera vivido en Cáceres en aquellos años. El tema era que todo se movía al ritmo del “Tonto el último”, y nadie quería ser el último, ni en Filipinas, ni en Cáceres.  Pero el comercio de las viviendas VPO no solo afectaba a las antiguas construcciones. El afán de la administración había hecho también que se construyeran residenciales modernos en zonas más alejadas del centro, pero muy bien equipadas. Todo en plan adosados  con jardincito y porche donde hacer barbacoas los domingos, llenando la calle de humo y olor a langostinos  del Senegal a 5 euros el kilo…. Y en una de estas promociones fue donde un día tuve yo que intervenir. Claro que mi intervención fue meramente administrativa, y siempre supeditada a la orden del comercial de turno, que jugosa comisión se llevaba por conceder la hipoteca al comprador, que solía ir unido a la concesión de otros préstamos que pagaban un crucero por las islas griegas, o un Golf casi siempre rojo o negro que saldría del concesionario el mismo día de la firma.  En esos días, resultó que me llamaron para que asistiera a una firma. Se trataba de una VPO recién terminada, de hacía menos de 3 meses  (coincidencia con la vivienda de Ramón), el vendedor al que se la habían adjudicado en su día, no había llegado a residir nunca en ella (otra coincidencia con la de Ramón), y me habían dicho que este señor, llamémosle Sr. Zeta. la vendía porque se trasladaba de ciudad por causas laborales (en el caso de Ramón no sabemos el motivo que él alegó. Solo sabemos lo que él públicamente ha manifestado: que no podía hacerse cargo de la cuota hipotecaria). En el caso que comento, el Sr. Zeta. vendía su vivienda, a una familia que estaba interesada en su adquisición, y que obtuvo la financiación necesaria para ello. Creo recordar que ésta era bastante mayor que el coste de la vivienda. Que el coste oficial de la vivienda, lo cual en aquellos entonces no llamaba la atención, pues como he relatado anteriormente era muy normal que el banco te pagase hasta los electrodomésticos, el banquete de bodas y el crucero a Malta.  Así que, el día de la firma todos contentos fuimos a la notaría para la firma. El banco por supuesto con los talones para efectuar el pago de la vivienda al Sr. Zeta. Pero cuando estábamos revisando las escrituras para ver que todo era correcto, y después de que el vendedor entregara el certificado que nuestra autonomía le había emitido autorizando la venta,  y renunciando al derecho de tanteo que le correspondía a la Administración, surgió un pequeño inconveniente que impedía la operación, la firma y la transacción. Y es que el vendedor,  D. V. había recibido un préstamo cualificado (se llamaba así cuando una parte de los intereses de la hipoteca los pagaba la administración, y no el interesado), además de otras ayudas y subvenciones), y la legislación le obligaba a devolver las ayudas recibidas, y a cancelar el préstamo recibido antes de proceder a su venta. El oficial cuando vio el certificado de la Junta, puso cara de póquer, me miró y me dijo con un gesto que no firmaríamos. Cuando la agente inmobiliaria vio la cara del oficial, empezó a cambiar de color su rostro. Si antes aparentaba tener cierto tono morado como el de los billetes de 500 euros que probablemente percibiría por la operación, empezó su rostro a amarillear y así terminó su cara con un color rojo. Rojo de enfado por supuesto. De manera educada pero también firme, le dijo al oficial de la notaría que se tenía que firmar la operación, y que fuera a preguntar al señor notario, a ver si daba su consentimiento para la firma. Y claro, como no podía ser de otra forma, el señor notario dijo que lo sentía mucho, pero que él no autorizaba la firma. Y aquí hago un inciso para defender la labor de este señor, pues han sido muchas veces en las que en plan coloquial, en la tele o en la prensa, he escuchado echar la culpa a estos profesionales por los abusos y dramas sufridos por muchos compradores incautos, inexpertos e irresponsables también. Y es que siempre es más fácil echar la culpa a otros, que reconocer los nuestros. Y así, se dice que el notario no me informó, que no leyó, ni explicó lo que estaba firmando, y bla, bla, bla. Pues mira tú por dónde, cuando uno paraliza una firma estando todo preparado, hasta avisado el banco equis para que tenga preparado muchos billetitos, porque después de la firma se pasarán por allí a hacer efectivos los talones….se le presiona, y se le quiere obligar a cumplir con lo establecido, algunos se ofenden.   Continuando con la historia, el señor notario determinó que no se podía firmar las escrituras porque la ley exigía que el vendedor tenía que tener cancelado su préstamo, para lo cual debía no solo devolver las ayudas, sino que también tenía que tener devuelto el propio préstamo y cancelado. Y que la cancelación era precisamente tener otorgadas las escrituras de cancelación. Y ante esto, el vendedor puso el grito en el cielo, que cómo iba a él a cancelar su hipoteca si no cobraba previamente….empezó también a decir que él era un alto funcionario de la administración, y que por eso a él le habían dado el certificado autorizando la venta, en menos de una semana. Porque lo que no he contado antes, es que esta firma se había fijado para 10 días antes, pero no se pudo firmar porque este señor pretendió venderla sin el famoso papelillo autorizando la venta, con lo cual hubo de posponerse la firma. Claro que él tenía buenos agarres en la administración, y lo que normalmente para cualquier mortal se obtenía en un periodo de 6-7 meses, a él se lo dieron en menos de una semana. Claro que él, no se había fijado que la directora general de la vivienda había puesto en ese papelillo una coletilla que indicaba la cancelación previa. A mí la verdad es que el que se retrasara la firma, me producía un gran trastorno, porque a mí no me pagaban por estas demoras, ni por el tiempo invertido en ello, y os aseguro que cada firma llevaba bastante tiempo de preparación y control previo….pero visto el panorama, y sobre todo el hecho de que uno de los asistentes me informó que el vendedor era un alto cargo de mi administración autonómica, que llevaba toda la vida metido en política, que no había vivido de otra cosa, que había estado a punto de ser consejero o ministrillo de la Junta, y que posiblemente en el futuro lo sería, que por supuesto gozaba de una gran amistad con la persona que certificaba la autorización de venta, y que gracias a ello, a él no le había supuesto ningún esfuerzo no solo que le extendieran esa autorización, sino también que hubiera sido un favorecido con esa vivienda, pues siendo alto cargo evidentemente su nómina rebasaba el límite para ser poseedor de la misma. Cuando yo me enteré de todo aquello, casi le doy un abrazo al notario por no querer firmar esas escrituras, pero claro evidentemente me tuve que contener. No me quedo otra.

Como quiera que era imposible una vez más firmar aquella compraventa, la persona que iba representando a la agencia inmobiliaria pensó junto con el vendedor, que quizás esos inconvenientes no existirían en otra notaría. Así que aunque al oficial  le dijo que  ya le avisaría para firmar en cuanto estuviera la cancelación hecha,  salimos de la notaría y no en dirección para nuestras casas o despachos, sino en dirección a la otra notaría.  Yo no supe nada de eso, hasta que ya estábamos en la calle, y mi sorpresa fue enorme. Cuando llegamos a esta nueva notaría, por parte de la inmobiliaria y del vendedor se le dijo al oficial que si podíamos firmar allí las escrituras, sin dar más detalles del porqué estábamos allí.  En un momento en que me quedé sola con el oficial, le expliqué el problema y que veníamos de rebote de la otra notaría. Evidentemente eso no era normal, así que avisada por mí, fue a preguntarle al notario si podrían firmarse las escrituras, que evidentemente dijo lo que tenía que decir: No se puede firmar sin la cancelación previa. Yo sentí alivio, porque no me parecía ético firmar en esas condiciones, e intentar colársela a un empleado de notaría o a otro notario. Así que ese día tampoco firmamos esa operación.

Después de todo esto, al cabo de unos días. No recuerdo exactamente cuánto tiempo fue, pero estoy segura que no llegó a la semana, la operación por fin se firmó, pues la otra entidad bancaria había firmado la cancelación, y en el momento de nuestra firma el notario pudo comprobar las escrituras de cancelación. Se firmó, se protocolizaron los cheques, todo correcto. La vivienda se escrituró en su precio máximo de venta, al cambio unos 14 millones de pesetas, y los cheques sumaban al cambio unos 28 millones de pesetas. El vendedor se quedó con su talón nominativo de los 14 millones, y junto con el comprador acudieron a una sucursal, a la que previamente habían avisado para que tuvieran dinero en efectivo preparado por importe de 14 millones. Y así cobraron ese cheque e hicieron el traspaso de dinero en mano, entre uno y otro.  Blanco y en botella.

Mi enfado desde luego no cabe en este post, y aumentó unos años después cuando un día me encuentro en la prensa en grandes titulares que el Sr. Zeta estaba a punto de terminar siendo candidato a la alcaldía de mi ciudad, y con muchísimas posibilidades de ser alcalde de ella. Gracias a las primarias, que a veces las carga el diablo se quedó con las ganas. Aunque creo que se ha conformado  con un pueblito pequeño, y premiando con peces y panes.

Así que lo de Ramón ahora, no me coge de sorpresa. Pero me indigna igualmente.  Y no pasa nada….

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